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Día 6 – Jesucristo es el fin último de la devoción la Virgen. P. Carlos Tejedor R

La razón principal de tenerle devoción a la Virgen es porque es el medio más eficaz de unirnos a Jesús y alcanzar la santidad.

ORACIONES DIARIAS

Veni, Creator Spiritus Ven Espíritu Creador; visita las almas de tus fieles.

Llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo has creado.
Tú llamado Paráclito, don de Dios altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú el dedo de la mano de Dios, Tú el prometido del Padre, pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra frágil carne.
Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto tu paz, siendo Tú mismo nuestro guía evitaremos todo lo que es nocivo.
Por Ti conozcamos al Padre y también al Hijo y que en Ti, que eres el Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre

y al Hijo que resucitó de entre los muertos, y al Espíritu Consolador, por los siglos de los siglos.

Amén.

Ave Maris Stella

Salve, Estrella del mar, Madre que diste a luz a Dios, quedando perpetuamente Virgen, feliz puerta del cielo.
Pues recibiste aquel Ave de labios de Gabriel, ciméntanos en la paz, trocando el nombre de Eva.
Desencadena a los reos, da luz a los ciegos, ahuyenta nuestros males, recábanos todos los bienes.
Muestra que eres Madre, reciba por tu mediación nuestras plegarias el que nacido por nosotros, se dignó ser tuyo.

Virgen singular, sobre todos suave, haz que libres de culpas, seamos libres y castos.
Danos una vida pura, prepara una senda segura, para que viendo a Jesús, eternamente nos gocemos.

Gloria sea a Dios Padre, Loor a Cristo altísimo, y al Espíritu Santo, a los tres un solo honor.
Amén.

DÍA 6°. ¡Gloria y paz!

El Doctor Angélico* afirma, y resulta obvio, que quien está unido a Dios vive en perfecto orden, pues el Señor ordena las potencias del alma, con sus sentidos y facultades, al ser Él mismo el primer principio y último fin de toda la creación; de donde esta unión produce el reposo interior. Además, cuando nuestra unión a Dios es plena no puede haber perturbación, ya que todo cuanto es ajeno a Dios lo consideramos nada, según proclama San Pablo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8, 31).

Es fácil comprender que si el hombre está en paz con Dios, lo estará también consigo mismo y con los demás, porque el fundamento de la verdadera paz consiste en vivir con Dios Nuestro Señor. Por eso dice San Cirilo: “Avergüéncenos el prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a salir del mundo. La paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos proviene de Dios, según dice el Apóstol a los filipenses: la paz de Dios; y que es de Dios lo muestra también cuando dice a los efesios: Él es nuestra paz. La paz es un bien recomendado a todos, pero observado por pocos. ¿Cuál es la causa de ello? Quizá, el deseo de dominio o de ambición o de envidia o de aborrecimiento del prójimo o de alguna otra cosa, que vemos en quienes desconocen al Señor. La paz procede de Dios, que es quien todo lo une *…+. La transmite a los ángeles *…+ y se extiende también a todas las creaturas que verdaderamente la desean.”

Si, como antes dijimos, la paz es fruto del Espíritu Santo, sus cimientos están en la vida de la gracia y de la caridad. Ahora bien, el Autor de la Gracia es Jesucristo: “La gracia y la verdad se han hecho realidad por Jesucristo” (Jn 1, 17). Por consiguiente, también es el autor de la paz: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2, 14).

Tal es la principal razón por que los hombres de hoy no encuentran la verdadera paz. ¡No es para menos!
Ella no surge de los tratados. El orden externo de las naciones logra, a lo más, reparar los estragos materiales de la posguerra, pero solamente la tranquilidad y el orden del alma, como elementos esenciales, traen la paz auténtica, la misma que se ha desvanecido del concierto de las naciones y ni siquiera podemos disfrutar al interior de las mismas.
Para qué hablar de las disensiones en el seno de las familias, institución que se deteriora más a cada paso por la agresión de varios factores adversos conjugados: corrupción moral progresiva, desmoronamiento de la autoridad paterna, violación generalizada de la fidelidad conyugal, desprecio de la Ley de Dios y hasta del bien social en el cumplimiento de los sagrados deberes para con los hijos.
Todos estos desórdenes se originan en el propio hombre moderno y su corazón repleto de descontento, hermano siamés del hastío, la amargura y la inquietud. Hoy en día casi toda criatura humana está poseída por el espíritu de insubordinación a toda clase de autoridad, ya sea eclesiástica, religiosa,
política, familiar, etc., sin mencionar la paulatina pérdida del pudor, que hoy constituye el mal de todos los pueblos…

Mons. João Scognamiglio Clá Días, EP
Revista Heraldos del Evangelio #65

* Sto. Tomás de Aquino

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